Puerta clausuradaPor Héctor Barabino.-

Por estos días los medios nos invadieron con las imágenes de las propiedades de Báez en Río Gallegos y en El Calafate.

«Ese es el shopping de Lázaro», es la respuesta popularizada en El Calafate cuando señalan a una mole de más de 2 mil metros cuadrados construída en pirámide en una terraza con vista a la bahía, y nunca inaugurada.

«Aquella chacra es de Báez, casi no se ve a simple vista», comentan sobre el predio localizado en una profunda hondanada donde el empresario investigado por lavado montó una fastuosa mansión.

«La casa no es de Máximo, sino de Báez», aclaran vecinos sobre la casona sobre avenida costanera Néstor Kirchner, que durante mucho tiempo se le atribuyó al hijo presidencial.

«Nos encontramos con instalaciones que parece que nunca fueron utilizadas», revelaron fuentes del allanamiento a estancia La Julia , cuyo casco no tiene nada que envidiarle a los ranchos de la serie americana  Dallas de los ochenta. «Los hierros de las parrilas asadoras todavía tienen viruta», se asombraron los miembros del operativo.  En Cruz Aike, la postal se repite

Todos los testimonios están atravesados por una afirmación contundente: «en este lugar no vive nadie», salvo la presencia de un cuidador externo apostado en una garita, en las propiedades de Báez no hay vida.

«En la estancia no había ni siquiera olor a bosta de animales», comenta un testigo, hombre de campo lindante a los de Báez. No hay ropa en los placards; ni fotos familiares en los porta retratos sobre los escritorios; ni cuadros en las paredes.

«Nadie usa lo que no es suyo», comenta un observador sagaz. La frase responde a la pregunta crucial que a primera vista surge al ver el interior despoblado de las casas de Báez.

Solo olor a limpio. Como recién lavado.