¿Fue Cambiemos una psicosis colectiva?

Por Sebastián Tresguerres

La diferencia de quince puntos en la elección nacional deja poco espacio para las arengas del tipo «sólo fueron las PASO, hay que seguir luchando para octubre», porque fue una diferencia tan grande que casi que huele a engaño. Quiero decir: huele a que durante bastante tiempo las cúpulas y los círculos rojos de Cambiemos (que incluyen a los medios adictos y a los encuestadores además de a los dirigentes principales) estuvieron engañando a sus seguidores, simpatizantes y militantes al asegurarles que todo iba más o menos bien en cuanto a las estimaciones electorales y de humor social. ¿Es posible que los encuestadores, cuales tiradoras de cartas de barrio, hayan engañado tanto a la cúpula de Cambiemos, y que entonces la cúpula de Cambiemos más que engañar a sus simpatizantes adrede, haya profundizado la psicosis colectiva sin saber que lo hacía, también estando “engañada”? [Aclaración: hablaré de “Cambiemos” aunque para estas elecciones el nombre se haya cambiado a “Juntos por el Cambio”.]

Siempre fue central en la filosofía PRO (contagiada a Cambiemos) el apotegma de evitar lo «tóxico», potenciado con otro apotegma, el del famoso «emprendedurismo»: contraponer ideas es ser tóxico, dudar o aburrirse de lo que dice un afiche de red social de Cambiemos es ser tóxico, intentar tomar recaudos es ser tóxico, si a vos te va mal es porque no tenés iniciativa de emprendedor y te la pasás quejando, los desocupados están desocupados porque no tienen iniciativa propia, etcétera.

Todo eso (a juzgar a posteriori con los tan enormes quince puntos de diferencia que según se dice no fueron ni someramente sospechados) fue creando una psicosis colectiva de positividad en los adherentes a Cambiemos a partir de un engaño inicial de la cúpula dirigencial no sabemos si también psicótico o más calculado.  

Debería haber sido casi imposible perder por quince puntos sin que nadie lo haya siquiera sospechado y creyendo que se perdía a lo sumo por cinco puntos (o menos, e incluso apostando a ganar en primera vuelta), salvo que la cúpula también hubiera estado psicótica. La pregunta es: ¿las cúpulas de Cambiemos indujeron (desde hace tiempo ya) a psicosis a sus militantes y seguidores, o la psicosis también los incluyó a ellos?

Echarle la culpa a los encuestadores de no haber detectado tamaño resultado sólo sirve para admitir que a los dichosos encuentros con la gente en sus casas y a los timbreos no se los debe haber utilizado realmente para detectar los problemas de la gente sino sólo para transformar a la gente en posteos de fotografías digitales. O no se escuchó bien a la gente (ni en las recorridas eventuales ni en el territorio), o se habló sólo con gente elegida de antemano para que no sea muy crítica.

Cualquier simple mortal, caminando por la calle y hablando con vendedores, trabajadores, allegados y amigos, podía «encuestar» que la gente, antes que parques eólicos, prefiere (y digo “prefiere” para que suene más irónico que “necesita”) seguir pudiendo llenar el tanque de nafta de su auto, y si sus autos fueron comprados con planes de autoahorro, poder seguir pagando las cuotas. Pero como la psicosis colectiva te mete en el paradigma estadístico, se hacía creer que hablar en la calle o en reuniones con personas de carne y hueso equivale a hacer una encuesta con un espacio muestral demasiado reducido y sesgado y un margen de error indefinido: demasiado poco científico. Charlar (en serio) con la gente, con las bases, y sobre todo con las personas con experiencia, es poco científico.

Algunos dicen que Alberto Fernández pudo haber tenido mucho «voto vergonzante» (gente que por vergüenza decía en las encuestas que no lo votaría y lo votó). Esto no fue tan así, porque los “votos vergonzantes” se pueden detectar en una encuesta bien hecha y el problema de estimación habría estado en no haber cubierto adecuadamente el espacio muestral de votantes, pero quiero volver a recalcar el tema de la falta de «feeling»: si se escuchaba realmente a la gente al gobernar, debía haberse podido suponer, como mínimo, que algo raro estaba pasando en las encuestas.

¿Me decís que es fácil hablar con el diario del lunes? No, estoy hablando con el diario de un lunes de hace ya varios meses o años, sólo que antes no me escuchaste, brother. ¿Ahora me pedís que haga un esfuerzo más hasta octubre por Cambiemos? ¿Me engañaste como a un niño jurando que estaba todo bajo control, achacándome que yo era un pesimista, y ahora me seguís pidiendo que haga un esfuerzo por alucinarme?

La psicosis colectiva en Cambiemos (hacia adentro) funcionó. Produjo verdaderas alucinaciones, inducidas por un amplio aparato alucinatorio (que, como dije antes, también incluyó a medios de comunicación afines, a repetidores fanáticos y enceguecidos como Leuco, a encuestadoras, a gorilas mediáticos de buenos modales, etcétera). Y como el otro bando, a su modo propio, también era polarizador, se tornó difícil detectar (salirse de la psicosis grupal) que una persona que se quejaba de los aumentos de gas, de nafta y de alimentos, y de la disminución de ventas o de changas, tal vez se quejaba en serio, genuinamente, y no por ser un talibán kirchnerista a punto de estrellar su auto viejo cargado con la nafta más barata posible contra la Casa Rosada. Cuanto más hambre tuviera una persona, más mentirosa y kirchnerista se la consideraba.

¿Cambiemos terminó siendo también un «relato»? Veremos. ¿A las mentiras de las encuestas amigas y de la positividad extrema se las podría parangonar con las mentiras del anterior indec?

Parece difícil que se dé vuelta el resultado, salvo algún milagro o salvo que mucha gente de la que votó a Fernández en las PASO lo haya hecho por un ataque agudo de bronca y que al ver ahora que realmente Macri puede perder en octubre, cambie su voto; pero cabe que este mismísimo razonamiento que acabo de hacer sea, también, un probable “razonamiento psicótico» de los que estoy hablando.

Al Cambiemos de nivel provincial en Santa Cruz (llamado “Nueva Santa Cruz” para estas elecciones) le pasó algo parecido. Pasar de creer que se podía llegar a ganar o pelear cabeza a cabeza la gobernación y la mayoría de la legislatura a perder casi todo por una amplia diferencia, ganando sólo cuatro bancas legislativas (o debería decir tres y una dudosa), sólo puede significar que hubo psicosis interna, o engaño, o en el mejor de los casos que hubo nube de ingenuidades. Se quiso creer, por ejemplo, que los despidos en YCRT no iban a tener consecuencias negativas para Costa salvo, tal vez, sólo en Río Turbio, que total ya era una ciudad que no lo votaba, y que la imagen ideológica de despedidor de personas (compartida con el costista Zeidán) no iba a derramarse a otras ciudades de la provincia, como si la gente viviera en aldeas aisladas que no se comunican sus realidades ni sus imaginarios con las otras aldeas.

El día posterior al de las elecciones, se lee en Tiempo Sur un titular con una frase de Alberto Lozano que dice: «Nunca entendimos que deberíamos haber trabajado todos juntos en un frente». Yo creo que fue más profundo que eso. Ese «no haber trabajado todos juntos en un frente» sigue manteniendo el paradigma de ampliación de la psicosis grupal. Lo que habría que haber hecho es haber empezado a cambiar de paradigma (manteniendo lo bueno del actual, por supuesto) desde hace unos años.

Creo que al radicalismo/Cambiemos santacruceño le hizo falta crear y generar “cosas” propias reales, ideas propias, fuerzas de movilización, volver un poco al humanismo (entender a la gente de carne y hueso es humanismo), y no ser tan exclusivamente replicantes de posteos aburridos de facebook denunciando lo ya denunciado mil veces, que puede haber sido útil y lógico al principio, pero no se puede vivir así toda la vida, usando la cabeza sólo para apretar el botón de «compartir» en Facebook un meme o el de retuitear, o el de romper las pelotas con obviedades en whatsapp. La política tiene que ser también construcción, conducción y discusión. La política no puede limitarse a «hola, soy Tal, se robaron todo». Una cosa es hacer comunicación política electoral (que es imprescindible pero además debería ajustarse de elección a elección) y otra cosa es “hacer política” y comunicarla (entre elecciones).  

Lázaro se robó la autovía entre Comodoro y Caleta. Macri solamente no la construyó. ¿Cuál es la diferencia? Respondeme esta pregunta sin teorizar que la no corrupción da sus frutos luego de veinte años, o sea, luego de cinco elecciones.

Si el Costismo pudo haber cometido errores de personalismo de mesa demasiado chica y de conducción en el ámbito de los cuerpos, las otras líneas del radicalismo más tradicionales solieron cometer un viejo pecado radical: postergar la ambición de “conquistar” a la gente y centrarse en cambio en tratar de conquistar los dinamismos estáticos de los interiores del partido: la gente es la que tiene que adecuarse al partido y hacerse radical pleno cuando se afilia, y no el partido adecuarse a las realidades actuales de la gente y el mundo. Bienestar dogmático de militante vale más que la opinión de mil personas no afiliadas.

Puede achacársele a Costa una dosis de personalismo y de falsa democracia interna, pero hay que concederle que no es fácil lidiar con internismos perpetuos en los que se van casi todas las energías. Una manera de evitar gastar energías en putes internos, en traidores expertos, y en discusiones mediáticas con otros radicales en medios de comunicación mientras los kirchneristas, comiendo palomitas de maíz, disfrutan cómo se sacan los ojos los otros, fue justamente evitar las discusiones internas inútiles, minimizar la cantidad de burocracia interna, etcétera, lo cual pudo tener un efecto colateral poco positivo: si se elimina la discusión interna, se la elimina entera, se la elimina toda, también los casos de discusión y debate que sí podrían haber sido constructivos. Pero no se puede todo. Toda estrategia política y partidaria que trasciende la teoría tiene ventajas y desventajas, cosas buenas y cosas malas.

Ya veremos qué pasa. Nada es imposible en la Argentina, tampoco que Macri pueda dar vuelta el resultado, así como hace dos años parecía imposible que el kirchnerismo pudiera seguir existiendo fuera de Ezeiza.