Por Sebastián Tresguerres

Desde hace años está instalada la hipótesis, por no decir el latiguillo, de que hace falta que más gente participe en política.
¿Estas elecciones en Santa Cruz bajo el régimen de la ley de lemas pueden ser tomadas como un muestreo práctico de qué pasaría si muchísima más gente (las decenas más de candidatos que figuran en las distintas listas en este 2019) se metiera en política?

Cuantos más sublemas y listas de candidatos fueron apareciendo en el esquema electoral, menos claridad fuimos teniendo: es difícil recordar, o incluso haber llegado a saber alguna vez, qué sublemas existen, a qué lemas pertenecen los sublemas, a qué lema y sublema reportan qué candidatos puntuales y para qué cargo se postulan, e incluso qué diferencia formal hay entre un cargo y otro, sobre todo cuando casi todos los candidatos a cualquier cargo prometen más o menos lo mismo. No se entiende nada.

Si bien no estamos siendo muy “científicos” al hacer una extrapolación de la etapa electoral hacia todo el ciclo de vida de la política, quizás estas elecciones puedan ser un ejemplo parcial de demostración de que, sin un mejoramiento a la par de la calidad de nuestra política en un sentido amplio, el mero aumento en la cantidad de participantes no garantiza más claridad y soluciones sino que pareciera garantizar lo contrario.

Y acá aprovecho para retomar una ¿ya vieja? noción de lo que para el concepto de república puede entenderse en la idea de que debe haber una participación política activa por parte de los ciudadanos. Hace poco redescubrí lo siguiente: que publicitar adecuadamente los actos estatales es hacer participar a los ciudadanos en política.

No solemos conceptualizar que la publicidad de las acciones de estado (o sea, que los tres poderes informen en detalle a la ciudadanía qué cosas van haciendo y de qué manera) signifique hacer participar a la gente en política, porque tiene el sentido de dirección intuitiva inverso al que se entiende con «meter a la gente en la política”: el de meter a la política en la gente. Solemos ver a la publicidad de los actos de gobierno como un rubro de la “transparencia”, de demostración de honestidad, pero es más que eso. Es hacer al pueblo más partícipe de la política.

Lo mismo cuenta para la educación política sostenida en el tiempo y vista como educación cívica y social (que viene a ser también en cierto sentido meter a la política en la gente), cuando en nuestra realidad cotidiana lo que estamos haciendo es deseducarnos cada vez más. Ni siquiera todos los candidatos actuales saben bien a qué se están postulando (algunos de ellos saben sólo el nombre del cargo al que se candidatean pero no qué implicancias formales y funcionales tiene).

Si siempre se criticó a la clase política de tratar a los ciudadanos como si fueran una especie de ganado electoral arreable para después de las elecciones olvidarse de ellos, con la ley de lemas los candidatos también parecen ganado.

¿La democracia consiste en decenas de candidatos yendo antes de las elecciones a «escuchar los problemas de la gente» a los barrios y que después de las elecciones la gente de los barrios increpe durante cuatro años a los que ganaron y gobiernan porque no solucionan ni uno de esos problemas?

Casi que se puede hacer un paralelismo con el psicoanálisis clásico, porque eso parecen hacer los políticos en campaña: escuchar a los pacientes como si fueran psicoanalistas para que la terapia termine consistiendo en ese mero escuchar, ya que a los esclarecimientos existenciales (las soluciones a los problemas) los tienen que terminar auto elaborando los pacientes mismos, por ejemplo saliendo a tapar con piedras ellos mismos los baches de sus cuadras, o iluminando sus calles con foquitos propios, o llevando sus propias sábanas a los hospitales cuando tienen que ser internados.