desaparecidoPor Marcelo Cépernic.– Ayer era una mañana luminosa aquí en Córdoba. Caminábamos con Ana por el Parque Autóctono disfrutando del clima y el ejercicio. De pronto, todo cambió en mi espíritu. Me topé con el macetón cuya foto publico adjunta. Nunca conocí a Tomás. Pero de un lejano pasado llegó vívida a mi memoria la risa despreocupada de Daniel Toninetti. Y lo ví. Juro que lo ví. Revoleando su pañuelo en un requiebro de zamba con la gracia que solo le es dada a un bailarín innato como él. Y casi de inmediato resonó en mis oídos la voz apasionada de Juan Carlos Rossell, desgranando utopías acerca de un mundo más justo en interminables reuniones. Entonces la mañana ya no fue tan luminosa. Segui. Porque los que estamos vivos seguimos. Pero pensando. Por ejemplo, pensando en la estupidez acerca de la cantidad de desaparecidos. Aún cuando Graciela Fernandez Meijide, de insospechable trayectoria sostenga que no son 30.000. Aún cuando las minuciosas investigaciones de Ceferino Reato lleguen a la misma conclusión. Aún cuando ex montoneros cuenten como y cuando se estableció la cifra, como una razonable necesidad política del momento lo confirme. Si llegás a decir que no fueron justo 30.000 te convertís en un pro milico, reaccionario, que profana el recuerdo de las víctimas. Que importa la cantidad? Me pregunto. Uno solo. Uno solo ya convierte a esta triste etapa de nuestra historia nacional en una tragedia que jamás debiéramos olvidar. Y volví a estar, una mañana con el sol inclemente, a metros de las arcadas protectoras de la Avenida Paseo Colón en Buenos Aires. Creo que era 1982, no recuerdo. Era el mundial de futbol. Había venido la Comisión interamericana de derechos humanos y atendían en una desvencijada oficina allí en Paseo Colón. La cola tenía muchas cuadras. Todos nosotros, con una carpetita bajo el brazo, veníamos a denunciar nuestro caso. Una esperanza era una esperanza. Es inevitable, durante las interminables horas de espera, intercambiar nuestras historias. Yo me sentía avergonzado. En mi caso, reclamaba la libertad de mi papá, hacía años encarcelado en el penal militar de Magdalena, por supuesto sin juicio ni proceso, solo por la voluntad omnímoda de la dictadura militar. Pero mi padre estaba vivo!!! Era el único!!!! Todos venían a presentar la historia de sus desaparecidos. Aquí y allá, en la cola, unos pañuelos blancos salpicaban la fila interminable. De pronto comenzaron a irse. – Claro!hoy es jueves! – – Andá si querés – me propusieron – te cuidamos el lugar. – A que – pregunté yo – a la ronda de los jueves, en la Plaza – Fui. Allí conocí , y comencé a admirar, el coraje de aquellas madres y abuelas que hacían la ronda. La imponente guardia militar metía miedo. Yo lo tenía. Ellas no tenían miedo. Parecían ignorarlos. Nunca perdonaré al gobierno anterior haber revolcado por el fango de la corrupción, como un cáncer que todo lo contagia, el prestigio y la admiración internacionales obtenido por aquellas madres y abuelas a fuerza de coraje. Seguí pensando en el doble discurso de tantos. Cuando el ex Gobernador Néstor Kirchner y la Diputada Provincial Cristina Fernández ordenaron no votar el proyecto de Cococho Alvarez y otros declarando feriado y día de la memoria con clases alusivas el 24 de marzo para no irritar a los militares. Claro, eran muchos votos en Santa Cruz. En Comandante Luis Piedrabuena el padrón de los integrantes del Regimiento más sus familias, igualan al de los ciudadanos civiles, por ejemplo. Y miré con tristeza la perspectiva de este 24 de marzo. Y cómo esa fecha se ha transformado en un día para que cada fracción política trate de llevar agua para su molino. Sueño con un día en el que todos los ciudadanos nos reunamos en cada plaza del país, los oficialistas y opositores, los de izquierdas y de derechas, los rubios y los morochos, los intelectuales, los obreros, todos, nos demos la mano en una ronda gigantesca, hagamos un minuto de silencio por aquellas voces que callaron para siempre y, terminado el silencio, gritemos : Nunca más!!!!! Tan fuerte que resuene en todos los rincones de la Patria