MuroTengo una moderada alegría. También miedo de que la historia se repita y que en pocos meses veamos chiquitito un titular que diga «Báez sobreseído», «dos años de prisión en suspenso» o algo así. Y también un gustito amargo, porque todo esto me hace acordar a un episodio de mi infancia. Cuando terminábamos de jugar a la pelota volvíamos por el pastito que había al costado de la vía del tren. Casi siempre, a esa hora en la que el sol empezaba a bajar, nos cruzábamos con un tren de pasajeros. Y saludábamos. Pero nadie nos devolvía el saludo. Saltábamos, gritábamos, agitábamos los brazos pero la gente pasaba como si no nos viera. Un día, no me olvido más, saludamos casi sin ganas, sólo por costumbre. Y alguien sacó la mano por la ventanilla y la agitó en saludo. Los cuatro o cinco pibes que estábamos ahí nos alegramos: al fin alguien nos vio. Era como un modesto premio al esfuerzo de saludar a la gente del tren durante días y días. Pero cuando llegué a la casa de mi abuela pensé distinto. Si ese hombre nos vio, ¿por qué los otros no? La respuesta era simple pero dolorosa: muchos nos vieron saludando. Pero nos ignoraron. Decidieron no saludar. Hacer de cuenta que no nos vieron, o que nuestro saludo no era importante. Hasta me los imaginaba hablando entre ellos: «mirá esos tontos, saltando como monos, se ve que no tienen nada mejor que hacer». Me dio mucha bronca. Hoy siento que desde hace años una bandita de gente como Daniel Gatti, Agostini, Barabino, los de Acoso Radial, Mirta Espina, Lucia Salinas y unos pocos más se pasaron años al costado de la vía. Unos pocos, ¿eh?, no vaya a creer que eran una legión. Desconfíe cuando alguno diga «yo me banqué el kirchnerismo», porque lo más probable es que lo haya votado, le haya hecho campaña y hasta figurado como candidato en alguna de sus listas. Porque los que avisaron eran una bandita. Pequeña. A los saltos y a los gritos al costado de la vía. Todas las tardes, cuando caía el sol. Y recién ayer alguien les devolvió el saludo. Mañana te voy a cruzar en el banco, en la calle, en un asado. Y no te voy a preguntar nada pero con los ojos te voy a preguntar: ¿Cómo pudiste NO verlos?