MarcePor Marcelo Cepernic.- El paraguayo miró las paredes de barro y el techo de paja que había construido él mismo. Miró a su mujer y a sus tres hijos. Miró la miseria que lo rodeaba. Y tomo la decisión. Como tantos otros miles de compatriotas, se iría a la Argentina a probar una mejor suerte. Allí trabajó en mil oficios. Con regularidad, mandaba plata y encomiendas. El tercer año hizo venir a su familia. – En el viaje desde la estación de colectivos hasta su nueva casa, cuenta el hijo de 14 años – yo miraba las casas lindas. Que suerte – pensaba – vamos a vivir en una de esas. No fue así. Ingresaron una de las tantas villas que rodean Buenos Aires. La vivienda era tan precaria, o peor, que la que habían dejado allá en el lejano Paraguay. El muchacho terminó el secundario. Andá a saber las veces que habrá escuchado – que hacés paragua? – con la carga peyorativa que esto implica. – Quiero trabajar – dijo entonces – porque quiero ser médico. – No vas a trabajar – contestó el padre – quiero que estudies. El muchacho desoyó el consejo. Comenzó a trabajar en una zapatería. Lo hizo durante los años que estudió medicina para financiar su carrera. Primero en la Universidad de La Plata. Luego, para ahorrar el costo del pasaje en tren, que apenas podía pagar, siguió en la Universidad Nacional de Buenos Aires. El día que bajaba las escalinatas de aquella casa de estudios con su flamante título en la mano, el padre lo abrazó y le dijo: – nunca dejes de atender a quien lo necesite porque no tenga plata para pagar la consulta – Se abrió camino en la profesión, se casó, tuvo tres hijos. Andando el tiempo construyó una casa para sus padres, que habían seguido viviendo en la villa. Honró la promesa hecha a su padre. El barrio sabía que las puertas de su consultorio estaban abiertas aunque el paciente no tuviera para la consulta. También trabajó 35 años en el sistema público de salud. Lo asaltaron 6 veces. Le robaron el auto. Lo golpearon. Se cansó. Un día fue al polígono de tiro y aprendió a tirar. Se compró una Bersa 9 mm. y realizó los engorrosos y costosos trámites para acreditar su condición de «legítimo usuario». Sé de que se trata. También soy de los pocos estúpidos que realizamos ese trámite cada dos años para cumplir con los requisitos que establece la ley para ser un «legítimo usuario». El vecino del frente, el de la otra cuadra, el colega del hospital, el amigo. Todos habían sido víctimas de asaltos, golpes y malos tratos. Su terror eran las entraderas. Sabía que una vez franqueado el paso de su casa a un ladrón dispuesto a todo la vida de su familia no valía un par de zapatillas. Ese día tomó las precauciones de siempre. Terminaba otra jornada de trabajo tratando de curar a sus vecinos. Entreabrió el portón y miró a los lados. No había nadie. Sacó su auto, con la ventanilla baja. El tipo salió de la nada. Lo golpeó con el caño del pistolón. Lo sacó violentamente del vehículo y lo tiró al piso. Se subió a la camioneta, lo pasó por arriba con la rueda delantera pisándole las dos piernas. El médico se arrastró hacia el cantero donde escondía su Bersa. Disparó cuatro veces. Allí terminó la vida de un muchacho de 24 años y la del médico cambió para siempre. El mundo que había construido, con esfuerzo y sacrificio, durante casi cincuenta años se hizo mil pedazos. A los pocos minutos, los familiares del muerto, despreciando la presencia policial, disparaban al aire a una cuadra de allí. Se multiplicaron las amenazas de venganza. Espero morirme sin haber comprobado si yo sería capaz de apretar el gatillo apuntando a otro ser humano. Pero aquí, en la comodidad de mi silla frente a la computadora creo sinceramente que yo hubiera hecho lo mismo. Mis condolencias a la madre del muchacho muerto. Y mi más profunda solidaridad con ese l médico, al que un ladrón, en 20 segundos, le destruyó 50 años de vida de trabajo y sacrificio.