Captura de pantalla 2016-11-20 12.11.56 * Por José Angel Amarilla Leandro Castillo (18 años) y Romina Calvet Huber (16 años) terminaron un noviazgo furtivo de dos años. Justo un mes antes que el ginecólogo confirmara un incipiente embarazo. Leandro siempre había sido resistido por no tener el pedigrí que los padres pretendían para la nena. Él era un simple chico de barrio, su humildad rozaba la pobreza y daba lucha en dos frentes para no caer en la miseria. Estudiaba de noche y durante el día hacía repartos para ayudar a su madre y a sus dos hermanitos, todos inquilinos de un hogar de padre desaparecido. Romina por el contrario además de asistir a colegio de doble turno donde fue abandera, practicaba hockey y estudiaba danzas. Era hija de un matrimonio acomodados a una vida de buen pasar. Vivía en un piso de Palermo a pocas cuadras de la plaza Serrano. Gladys había sido niñera de Romi pero al pasar los años y a fuerza de trabajo, lealtad y bondad, fue incorporada como colaboradora ad eternum de la familia. Un derecho justo y dignamente ganado. Fue la primera confidente de la situación embarazosa. Con tino de mujer sabia, aconsejó afrontar la situación con la verdad. Al saber que Romina seria madre de un hijo de Leandro, los abuelos elevaron los gritos al cielo. Las maldiciones e improperios ahuyentaron a Leandro. En represalia se negó a casarse “de apuro” y se negó a que el vástago llevara su apellido. Esto enfureció mucho más a los Calvet Huber. El niño finalmente en acuerdo contencioso de parte fue bautizado: Nicolás Calvet Castillo. Como era de esperar Gladys fue la elegida para el cuidado del retoño. Cuando Nico comenzó a dar los primeros pasos, “Dady” -así pronunciaba “Gladys”- lo llevaba a jugar a la plaza. Con el pasar de los meses y años, en el desván, se fueron amontonando cartas, tarjetas, juguetes ordinarios, ropa barata. Era lo que Leandro con mucho sacrificio y mayor cariño enviaba a su hijo negado. Regalos que a Nicolás nunca le fueron entregados. Pasaron los días, los meses, los primeros años y ocurrió un día, cuando Leandro pasando por la plaza, reconoció a Gladys… y adivinó a su hijo. ¡Hola amigo! –Saludo Leandro al niño. ¡Hola! –respondió tímidamente Nico. Choque los cinco amigo –insistió Leandro- Entonces Nico entrado en confianza le extendió la mano que Leo aferró largamente con los ojos brillosos. ¿Cómo te llamas? Nicolás. Nicolás Calvet, pero me dicen Nico. Mucho gusto, yo me llamo Leandro, Leandro Castillo. Al ver que el niño no experimentó ninguna reacción, Leandro supo que no solo le habían podado el apellido, sino también toda referencia de él. En cada encuentro furtivo en complicidad con Gladys el saludo de “Hola amigo” daba inicio a pequeños diálogos en encuentros mínimos. El día que Leandro le mostró el “Nico” tatuado en la tetilla izquierda, desbordante de emoción le contó a su madre. Romina corroboró la identidad del supuesto, con la verdad revelada por Gladys. El sincericidio tuvo un juicio sumario con sentencia de despido inmediato para ella, y prohibición de salidas al partícipe necesario, a quien confinaron a una plaza más lejana. Todos los involucrados fueron barridos por distintos tipos de crisis aunque todas emparentadas con la Social, Económica y Moral que azotó al país. A Gladys la sorprendió desempleada. A Leandro le afectó del tal modo que abandonó el colegio para ser repartidor full time. El trabajo de repartir pizzas a tiempo completo, le permitía llevar el pan a su casa, habitada por una madre triste y dos hermanos rebeldes y adictos. La crisis de sus cuarenta, fue una leve caricia, comparado con tanto maltrato de vida. Su corazón cansado, no resistió el infarto repentino, masivo, y letalmente nocivo. Al matrimonio Calvet Huber no le fue mejor. Aunque a ellos nunca les faltó el bocado, carecieron de toda alegría y paz. No les alcanzó con mudarse de barrio para alejarse de la Serrano, de los malos recuerdos y del asedio de ese yerno al que trataron peor que a un extraño. Murieron de viejos, pero mucho más de tristeza y culpa. Nicolás, igual que los hermanos de Leandro, fue seducido por las drogas. Ingresó como principiante en adicciones y pronto se recibió de deeler. Lo mató un feroz competidor, que llegó en moto gatillando una 9 milímetros. Romina murió dos veces. La primera vez cuando le comunicaron la muerte de Nico. La segunda vez cuando en la morgue descubrió el tatuaje oculto en la tetilla izquierda que decía: ”Leo”. Gladys fue la única sobreviviente a tanta miseria y tragedia. Buscando posibilidad de trabajo en los avisos clasificados de un diario encontró el nombre de Nico en los avisos fúnebres. Adivinó el cementerio, y el domingo siguiente le llevó un rezo de salmos y un ramo de flores. Al despedirse por esas ironías del destino le rezó un Padre Nuestro (“…nuestro?” Se habría preguntado Nico – pensó-). “Más líbranos del mal. Amen”…susurró mirando un cielo de azul intenso. Pasaba por la Cruz Mayor cuando escuchó – o creyó escuchar- la voz familiar de Leandro, exclamando entusiasmado:“¡Nico, llegaste! ¡Choque los cinco… AMIGO!.- * José Ángel Amarilla, El Calafate.   Mención de honor en Certamen “Arte Literario 2016” de Novel Arte.