Por Sebastián Tresguerres.- «El hecho de que nadie nos esté impidiendo hacer algo no implica necesariamente que podamos hacerlo. ¿Somos libres para hacerlo -puesto que nadie nos lo impide-? ¿O carecemos de libertad -puesto que no podemos hacerlo-?» Esto se pregunta entre otras cosas Adam Swift en su libro “¿Qué es y para qué sirve la filosofía política?”, y da el siguiente ejemplo para ilustrar la diferencia entre libertad formal y libertad efectiva (o “real”): ninguna ley impide a los ciudadanos británicos [Swift es británico, por eso este ejemplo] ir de vacaciones a Bahamas, pero sería cruel y sarcástico afirmar que todos los ciudadanos británicos son por ello libres para hacerlo. La realidad es que los ciudadanos que viven en situación de pobreza, a quienes apenas les alcanza el dinero para comer, carecen de libertad para tomarse unas vacaciones así. Tomando el enfoque de esta idea, volvamos a nuestra provincia y pensemos: la constitución garantiza la educación pero la realidad es que nuestros chicos no tienen clases. En ciudades como Caleta Olivia el “agua formal” existe como servicio público pero el “agua efectiva” no sale por las canillas. La justicia real no está modernizada y suele tener afectado el servicio por medidas de fuerza salariales; los sueldos de la administración pública no se pagan en término afectando la libertad de compra de los empleados públicos. No hay abundancia de trabajo privado así que no se tiene la opción de buscarlo, por lo que para muchos tener un empleo público es más una obligación que una libertad (más que tener un empleo público por libre elección, muchos tienen un empleo público porque no tienen la libertad de conseguir un empleo privado, porque no abundan). Tenemos la libertad de ir a centros culturales y a cines pero casi no hay centros culturales ni cines, y la de ir a atendernos a hospitales públicos si queremos pero muchas veces no tienen insumos. Etcétera. Entonces podríamos arriesgar la siguiente pregunta: los santacruceños, ¿somos libres? ¿Cuánta libertad efectiva tenemos? Ya es una frase conocida la que dice que la corrupción mata, pero puede ser interesante empezar a concientizarnos de que la corrupción y la discrecionalidad (dos anti-valores que van de la mano) quitan libertad a las personas. Otro ejemplo: somos formalmente libres para votar, pero la ley de lemas les quita libertad efectiva a nuestros votos formales. ¿Es posible que haber vivido durante muchos años con libertades efectivas disminuidas nos hayan ido acostumbrado a ser menos libres? La corrupción y la discrecionalidad generan personas menos libres y las sociedades con personas menos libres son menos capaces de evitar que la corrupción y las discrecionalidades sigan creciendo. A la larga, estos esquemas de gobierno y de vida van generando un efecto curioso (sobre todo la discrecionalidad sistémica): se va asociando el concepto de libertad a la irracionalidad. Muchos totalitarismos (esto también lo menciona Swift en su libro) identifican a la libertad con la racionalidad para dominar a los ciudadanos con el siguiente mecanismo: «a vos te gusta tal cosa porque tu yo interior aún no se dio cuenta (no racionalizó correctamente) de que lo que realmente necesitás para ser libre en el largo plazo es esta otra cosa, así que vamos a obligarte a ser libre, vamos a obligarte a hacer esto otro». Nosotros en cambio asociamos la libertad con la irracionalidad. Deseamos lo que sabemos que no funciona. La más habitual de todas nuestras irracionalidades es la de creer que ser libres consiste en gastar sin producir, que esa es la máxima expresión de la libertad. Se pueden dar varios ejemplos concretos de lo irrazonable, elijamos uno. El más actual al momento de escribir esta nota: el “CrediEscolar”, una nueva línea de crédito que acaba de sacar el ispro (Instituto de Seguros de la Provincia de Santa Cruz). Es una línea de crédito emitida por un organismo cuya misión real no es la de emitir este tipo de créditos, que consiste en prestarles hasta tres mil pesos a los empleados públicos santacruceños que cobren menos de veintidós mil pesos para que compren artículos escolares, reconociendo así que a los empleados públicos no les alcanza el sueldo ni para comprar artículos escolares, pero al mismo tiempo en el contexto de que a esos mismos empleados públicos se les dio sólo un pequeño aumento en negro hace poco; además fomenta a la gente a endeudarse (y no para realizar inversiones productivas sino para consumo y gastos corrientes), induce al endeudamiento, al crédito hay que devolverlo con un interés subsidiado, pero fue anunciado oficialmente alegando que esto beneficiará a los comerciantes, no a la educación (que está en una situación muy delicada) ni a la economía de los empleados públicos (a quienes ni les suelen pagar el sueldo en forma) sino a las ventas de los comerciantes; pero a su vez pensemos que si se quiere fomentar el consumo, el aumento del impuesto a los ingresos brutos efectuado tiempo atrás iría en sentido contrario a esto, pero además a la par se está montando una zona franca comercial en Río Gallegos (aumentás impuestos y al mismo tiempo generás una zona comercial libre de impuestos, que además se supone que podría llegar a perjudicar las ventas de los locales comerciales del centro de la ciudad), etc. En definitiva, todo es una maraña irracional de medidas locas y aisladas empaquetadas en la forma de la hipocresía. Podrían citarse muchos otros ejemplos. Pero lo peor es que a la larga estas formas de gobernar hacen ósmosis hacia nuestra vida social, se traspasan como marco y ejemplo a la vida cotidiana de las personas. Mientras menos factible sea lo que hagamos, más libres nos sentimos. Quisiéramos creer que nuestra irracionalidad es la demostración de que somos libres, y no esclavos. (Una aclaración: es irracional que hagamos ciertas cosas desde el punto de vista del pueblo como conjunto, pero desde el punto de vista individual siempre hay varios “racionales” que terminan ganando.) Por último, hay que destacar que, paradójicamente, las personas que más se dan cuenta de que no es factible este modelo actual de concepción de vida santacruceño, suelen ser al mismo tiempo las que más se manejan casi exclusivamente en los campos abstractos de lo formal (las teorías intelectuales, los deseos de perfecciones institucionales utópicas, etc.), y menos injerencia tienen, ni buscan tenerla, en los campos de lo real-efectivo. Los partidos políticos no-peronistas suelen poner los pies en las abstracciones formales pero no tanto “en el barro”, que es justamente lo que más estamos necesitando que hagan quienes quisieran cambiar nuestro marco de vida para mejorar la realidad efectiva, esta realidad en la que las instituciones se violan, las leyes ceden ante las discrecionalidades, y la libertad formal está muy lejos de ser efectiva. Imagen de portada: Beetroot Design