Por Marcelo Cepernic.- Los riogalleguenses vivimos con mucha intensidad aquellos días. Nuestra base aérea tenía una ubicación estratégica con respecto a las islas. Desde allí partían a diario los cazas A4C que tan duros golpes infligieron a la flota británica. El razonamiento lógico era que los ingleses, inexorablemente, terminarían bombardeando nuestras bases del continente, para eliminar el peligro que suponía nuestra Fuerza Aérea, que iba escribiendo páginas de gloria con su accionar. Vivíamos con ese temor. Cumplíamos escrupulosamente los oscurecimientos dispuestos por Defensa Civil. Yo me había anotado como voluntario y me tocó hacer los turnos nocturnos en una de las tres grandes sirenas que se instalaron en puntos estratégicos de Río Gallegos. Disponíamos de un equipo de radio. Si recibíamos la orden de disparar la alarma debíamos cotejar un código contra un sobre que nos entregaban al tomar el turno. Más de una vez, cuando el impiadoso viento patagónico azotaba las puertas desvencijadas de la escuela donde estaba instalada la alarma, imaginábamos que eran los gurkas que habían desembarcado y llegaban para acuchillarnos. Poco después, la alborada democrática iluminó el cielo de nuestra Patria y aquellas primeras elecciones me convirtieron en el Intendente de mi pueblo. Cada 2 de abril, se organizaba la conmemoración de aquella gesta. En oportunidad que quiero relatar, lo hicimos en el enorme gimnasio cubierto del Colegio Salesiano. Se hacía una misa concelebrada y un desfile de las fuerzas (emocionante el desfile de la “agrupación veteranos”, que incluía a aquellos que habían estado allá en nuestras islas y logrado volver con vida). Para organizar el acto, se constituía un comité integrado por mi Jefe de Protocolo, el Director de Protocolo del Gobierno Provincial, representantes de cada una de las tres fuerzas armadas y de las dos de seguridad. Días antes del acto, me crucé en los pasillos del edificio municipal con mi Jefe de Protocolo, (A.). Le pregunté cómo iba la organización. – Más o menos – fue su respuesta – tenemos muchos problemas con el Coronel del Ejército. Por ej. ahora exige sillas de pana para las primeras filas del palco donde estarán las autoridades civiles y militares – – Y tenemos sillas de pana? – le pregunté. – No, Intendente. Tenemos esas de plástico que usamos siempre – Meses antes, en diciembre de 1985, habíamos celebrado el centenario del pueblo. El Presidente Raúl Alfonsín nos había honrado con su presencia y acompañado en los actos. – ¿Son las sillas que usamos cuando vino Alfonsín? – pregunté para estar seguro – Si Intendente. Esas sillas – – Bueno – le dije – decile al Coronel que la Constitución Nacional establece que el Presidente de la Nación es el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas, y que si el culo de Alfonsín fue lo suficientemente distinguido para usar las sillas de plástico, el culo del General, que es su subalterno tiene que serlo igual. – Y me olvidé del asunto. Dos o tres días después me vino a ver. Con un papel en la mano. Con la cara desencajada y los ojos brillosos. – Intendente, metí la pata. Le vengo a presentar mi renuncia porque lo metí en un problema y es lo último que hubiera querido hacer – – Que pasó? – – Es que el Coronel este me sacó de quicio. Seguía jodiendo con las sillas de pana y yo me calenté y le dije exactamente lo que Ud. me dijo. Se puso furioso. Parece que se lo contó al General y este dijo que el día del acto no piensa estrecharle la mano porque se considera ofendido – Cabe aclarar que durante muchos años Gallegos tuvo el Regimiento de Infantería Motorizada Nro. 24. Cuando la cuasi guerra con Chile por la cuestión de las islas Picton , Nueva y Lenox, el gobierno militar reforzó de manera grosera las guarniciones de Santa Cruz. El Reg 24 lo transformo en Brigada, y por eso el jefe máximo de Tte.Coronel pasó a ser un General. Crearon el Regimiento Rospentek y duplicaron el Reg. De Piedrabuena. Yo rompí en pedazos la renuncia de A. y planeé el contraataque. Le avisé que cuando llegara al acto yo iba a dirigirme ostentosamente hasta el general y le tendería la mano. Le pedí que muy discretamente le avisara a nuestro camarógrafo que estuviera advertido para que “casualmente” registrara la situación. Ni bien acabado el acto, A. debía pasarle el chisme a dos periodistas conocidos y respetados en nuestra ciudad. Estos, encantados con la noticia, correrían a verme para confirmar su veracidad y yo haría pública la estupidez del Coronel mencionado, que se ocupaba de las sillas de pana y no del dolor por los 600 compatriotas caídos en el combate. También “casualmente” llegarían a sus manos la cinta. Según mi plan, el General no saldría nada bien parado por su ocurrencia. Llegó el día. Pocos minutos antes de la hora entré al gigantesco gimnasio. La banda del Regimiento lista para el Himno. Los veteranos prolijamente formados. Parados cerca del palco de honor estaba el Gobernador Puricelli, el Vice Patricio Toto, el Presidente del Concejo Deliberante Nestor Forlon y….. el General ofendido, reunidos en ronda y en amigable charla. Prescindiendo del protocolo, encaré derecho hacia el General y le tendí la mano. Vaciló un instante. Me dedicó una mirada fugaz y luego, mirando al piso, estrechó la mía. A partir de ese momento, me eliminaron del protocolo de la Brigada. No volvieron a invitarme a sus actos. Algunos meses después, el General fue trasladado y lo reemplazó el General Ahuel (no estoy seguro que se escribe así). Este último tuvo bastante renombre en los acontecimientos de los cara pintada. Tenía una sólida y muy interesante formación histórica y política. Terminamos viéndonos bastante. La primera vez vino a visitarme a mi despacho y me hizo saber que no estaba de acuerdo con “… lo que me habían hecho….”. – No entiendo, le expliqué. ¿Qué me hicieron? Discúlpeme pero no entiendo de que me está hablando – En realidad, nunca nadie me dijo nada directamente. No logré que me explicitara “… qué me habían hecho…”. No volvió a hablar del asunto. Me volvió a incluir en el protocolo de la Brigada. No sé si para bien. Tuve que participar de esos actos, a veces con bastantes grados bajo cero, programados casi a la madrugada. Como decía un amigo mío, bastante cínico: “….al pedo pero temprano….”. Pasaron muchos años de esto. Espero que los Generales y Coroneles de las nuevas camadas sean un poco más inteligentes que los de mi historia.