Por Marcelo Cepernic.– El ocaso de los dioses, es el título de una conocida ópera (Götterdämmerung es su título original). La última de una tetralogía denominada El Anillo del Nibelungo. En ella se cuenta la historia de cómo el anillo maldito hecho con oro robado al Rin por el enano Alberich, perteneciente a la raza de los nibelungos causa la muerte de Sigfrido, pero también la destrucción del Walhalla, la morada de los dioses, donde moraba Wotan (Odín). Fue estrenada hace más de 140 años. Me impresionan tres coincidencias. Su autor, Richard Wagner es un homónimo de Carlos Wagner, el otrora poderoso capo de la Cámara de la Construcción de nuestro país. Carlos, nuestro Wagner contemporáneo, ha declarado en sede judicial, con lujo de detalles, como Julio De Vido los convocó para explicarles cómo operaría la asignación de la obra pública, como los designados para recaudar las coimas eran Roberto Baratta y José López, y cómo era el mecanismo de los retornos. Una historia de miseria y saqueos no muy distinto al argumento imaginado por el otro Wagner un siglo y medio atrás. Los que se sintieron dioses, y construyeron su Walhalla considerándolo eterno e invulnerable, hoy miran asombrados (y espero que bastante asustados) como se derrumba su Olimpo imaginario. No sé si los Dioses de Richard Wagner tengan poder en estos tiempos modernos. Pero, por las dudas, quizás valdría la pena invocarlos para que los delincuentes que se creyeron dioses , terminen en el octavo círculo del Dante, custodiados por Gerión (conocido en la actualidad como el Penal de Ezeiza).