Por Bernd Ferstl.– Vivieron desprotegidos en un vasto e inhóspito territorio. Sus caras marcadas por el cansancio, el miedo y la resignación. Fueron desplazados por la fuerza, en contra de su voluntad. Los habitantes actuales no están aquí hace muchas generaciones. Llegaron y se esforzaron algunos pocos, los Pioneros. Hoy, la mayor aspiración de los descendientes sureños es llegar a la jubilación, o sea, “estar tranquilo”, “estar cubierto”: el Estado Provincial como un toldo de piel de guanaco que protege de las inclemencias del tiempo. Reina un letargo, cierta depresión social, una pasividad que es usada como escudo para delegar responsabilidad. Durante décadas hubo diferentes personas que se aprovecharon de este estado de ánimo popular: Se apropiaron de los recursos disponibles, que les fueron confiados sin cuestionar nada. El rebaño como indios, ellos como caciques. Fue la ley no escrita, el contrato invisible, el mito de que “siempre fue así”. Parece un hechizo que actúa sobre los Santacruceños. Algo supernatural que anula la vida política a tomar las riendas y encarar el futuro para el Bien de todos. Algo que inhibe a esforzarse de verdad para beneficiar a la próxima generación. Algo que corta la comunicación hacia un auténtico deseo de estar felices y libres. Seguimos buscando camino como individuos, aislados, perdidos en la estepa Patagonica, con la cabeza en la arena como el Choique, o pensando en el norte, pero nunca en casa en esta tierra, nunca en paz con el pasado y menos con el presente. Ojalá podamos decidir superar ese obstáculo, enfrentar al hechizo, mirarlo de frente para darnos cuenta que no existe, que es solo una ilusión. El último Tehuelche se fue hace tiempo.   *El autor reside en El Calafate. Trabaja en Consulado Honorario de Alemania- Gerente en Pantagonia-Músico. *Imagen de portada: Tierra de Tehuelches e inmigrantes, del artista Alfredo Segatoria. Obra localizada en Río Gallegos.