Por Sebastián Tresguerres.- Supongamos el titular de una noticia que diga: «Cinco científicos argentinos fueron reconocidos por sus trabajos de investigación en el campo de la física». Es probable que muchos de quienes leyeran ese titular (sin leer el resto de la noticia, como suele hacerse en estos tiempos) mentalmente se harían la imagen de cinco científicos argentinos varones. En esta noticia hipotética, en realidad tres de esos científicos son mujeres y sólo dos de ellos varones, pero ha entrado en juego la fuerza cultural de la letra «o», que se utiliza para los plurales aunque haya mujeres en los grupos que se mencionan. Pero al leer «científicos» en el titular de la noticia, muchos darían por sentado que todos esos científicos son hombres, y entonces no sólo quedarían invisibilizadas las mujeres de esta noticia sino que además el que lee estaría reproduciendo y confirmando, sin siquiera ser consciente de ello, la aún existente creencia cultural machista de que los varones sirven para la ciencia más que las mujeres. Es para reparar este tipo de invisibilizaciones y jerarquizaciones de género que suele producir y reproducir estructuralmente nuestro idioma, el motivo profundo por el que un amplio colectivo de personas está luchando por la «desgenerización» del idioma español a través del uso de la letra «e» en adverbios, sustantivos, etc. El problema es que por momentos queda también invisibilizada la profundidad del planteo, por la manera predominantemente superficial en que se suelen discutir y comunicar la mayoría de los temas importantes hoy en día en las redes y en los medios. Voy a dar un ejemplo de otro producto cultural que actúa (o actuó cuando estuvo en apogeo su paradigma) de manera machista y reproduce el machismo sin que quienes lo repiten se den cuenta de ello: la teoría del inconsciente de Freud. Este ejemplo lo tomo del libro «Feminismo inmodificado», de la genial Catharine MacKinnon. Catharine, en un pasaje de esa obra, nos interpela con esta pregunta, que cito textual: «¿Sabían que la teoría del inconsciente fue pergeñada para explicar por qué las mujeres inventábamos experiencias de abuso sexual infantil, porque Freud en última instancia no creía que eso pudiera haber ocurrido?». Lo que nos está diciendo MacKinnon es que a las niñas que decían haber sido abusadas por varones dentro de la familia, a Freud le costaba creerles, y creó una teoría que justificaba ese no creerles a las niñas abusadas, porque para Freud era un problema creer en los testimonios de las mujeres que denunciaban incesto y abuso infantil en el interior de sus familias. Habría que ver si cuando inocentemente reproducimos esa famosa noción de que «las niñas adoran a sus padres más que a sus madres» (por eso del llamado Complejo de Edipo) no estamos reproduciendo, sin querer y sin darnos cuenta, un guiño a la posibilidad de abuso intrafamiliar de mujeres. Esto que estoy diciendo puede llegar a parecerles una exageración a quienes viven en familias bien articuladas y educadas, pero sepan que el abuso intrafamiliar, sobre todo de mujeres, existe y mucho (y no sólo en las familias más vulnerables). Di dos ejemplos de cómo determinados componentes de la super-estructura cultural pueden llegar a apuntalar y reproducir el machismo (o el «patriarcado») sin que ni siquiera nos demos cuenta de que eso está ocurriendo. Luego están quienes sostienen que estos mecanismos son evolutivos, producto de cómo se fue desarrollando la historia de la humanidad, y que se irán corrigiendo por sí solos con el tiempo; y quienes son más tajantes y afirman que estos mecanismos son impuestos y pergeñados constantemente y adrede por los hombres de todo momento histórico para dominar a las mujeres. Entre estas dos puede haber otras posturas y teorías, pero la cuestión es que, sea como sea, los mecanismos existen (como lo vimos en los dos ejemplos). Teniendo en cuenta que estos mecanismos existen, es que de a poco las sociedades abiertas y democráticas van buscando la manera de edificar contra-mecanismos para ir contrarrestando esos «machismos culturales» de distintos grados de profundidad que tenemos activados en nuestra sociedad. Un ejemplo de contra-mecanismo son las leyes de cupo femenino referidas a los cargos públicos electivos. Por eso a las leyes de cupo femenino no hay que verlas y analizarlas desde el punto de vista «matemático», que es lo que hacen quienes dicen que es fascista y anti-democrático el obligarte a votar por cierto número de mujeres cuando en realidad quizás votarías por hombres si se postularan para esos cargos, siempre y cuando esos hombres merecieran ser postulados y votados. Aquí tenemos un ejemplo de uno de los problemas de la «meritocracia»; el “mérito” es un valor que a veces también termina siendo uno de los mecanismos de esa superestructura cultural que reproduce no sólo al machismo, sino al conservadurismo en general. Con el criterio de que los varones no tienen la culpa de ser varones y por lo tanto no deberían existir los cupos ya que la única condición para ser votados debería ser que merezcan ganar las elecciones quienes antes además merezcan sin ninguna restricción ser postulados, entonces los varones tampoco tienen la culpa (por ejemplo, entre otras cosas) de que cuando ellos quieren tener hijos las que tienen que quedar embarazadas son las mujeres. La idea es que las leyes de cupo sean un contra-mecanismo que sirva para liberar a nuestra sociedad de ciertas concepciones que, muchas veces sin que nos demos cuenta, relegan a las mujeres en el plano político. Ocurre que mucha gente necesita «ver para creer», o “ver para acostumbrarse”, y no empieza a tomar como naturales ciertas cuestiones hasta que no ocurren plenamente en la práctica, e incluyo acá no sólo el aspecto de lo electoral sino también el de la militancia. Lo ideal es que luego, algún día, dejen de ser necesarios los cupos, cuando culturalmente la sociedad haya terminado de desactivar sus mecanismos que relegan directa o indirectamente a las mujeres en los dominios de lo social-político. Y ahora vuelvo al tema del lenguaje inclusivo. La idea de postular y emplear un lenguaje inclusivo es contrarrestar los mecanismos subyacentes al idioma español que mostramos en el primer ejemplo. La «desgenerización» haría, justamente, que no siga teniendo la prioridad y preponderancia el género masculino en nuestro lenguaje (como de hecho ocurre actualmente), y no siga reproduciendo estas cuestiones de jerarquías de género. Lo que también nos cuenta Catharine Mackinnon en su libro es que en la configuración actual de nuestra sociedad, los géneros, más que en una diferencia, se asientan en una jerarquía. Respecto al lenguaje, es difícil cambiar cientos de años de historia de un idioma de la noche a la mañana sin que exista un período de transiciones. A la larga, van a surgir problemas técnicos desde el punto de vista lingüístico. Por ejemplo, hay quienes utilizan la «x»: escriben por ejemplo «todxs» en vez de «todos». Pero un lenguaje escrito así, con ese uso de la «x», puede ser un posible lenguaje escrito, pero no es «oralizable». No se puede hablar. ¿Cómo se pronuncia «todxs»? El lenguaje inclusivo de la «e» en cambio sí se puede hablar, pero tiene el inconveniente de que es más trabado que el actual, más difícil de pronunciar (al menos al decir determinadas frases), tiene menos belleza y menos riqueza sonora, etcétera. ¿Logrará, sin embargo, imponerse con el tiempo? Creo que lo que importa es que se haya puesto en marcha la concientización de los inconvenientes que tiene nuestro idioma y que sirva como punta de lanza para empezar a pensar qué se puede hacer para subsanar las invisibilizaciones que genera y reproduce, por más que, al final de esta historia, no terminemos utilizando exactamente el lenguaje inclusivo de la «e» tal cual como es propuesto hoy en día. Una cuestión que no nos estamos preguntando mucho, además, es la del poder real, si alcanza con que las mujeres tengan más poder formal (por ejemplo con las leyes de cupo electoral) cuando el poder real en la vida práctica pasa por otro lado. Mientras más violencia y fuerza bruta impregnen los mecanismos estructurales sobre los que se asienta nuestra sociedad, menos empoderamiento real tendrán las mujeres, por más que formalmente ocupen más cargos. Si en nuestra sociedad para conseguir beneficios adicionales o que se cumplan derechos se requiere, por ejemplo, la actuación de fuerzas de choque políticas o sindicales, si para protestar se requiere (porque si no los reclamos no son efectivos) amenazar con acciones violentas, si para hacer prevalecer una idea lo más efectivo es imponer cuerpos de tamaños intimidantes, etcétera, las mujeres siempre van a tener menos posibilidades de poder real que los hombres, y no estoy diciendo que las mujeres no pueden ni saben luchar, sino que los hombres son físicamente más fuertes, por lo que dentro del reino de la fuerza física y la violencia, siempre preponderarán, en conjunto, los varones. En este mundo, el dinero y el poder están muy relacionados, y no sólo hay que ver que, en lo formal, las mujeres todavía tienen un salario más bajo que los hombres para idéntico cargo en empresas y fábricas. El poder, en la vida práctica, a veces pasa mucho más por lo informal que por lo formal, por ejemplo cuando interactúa con la política. Dinero y poder, poder y corrupción, corrupción y política. Tomemos el famoso caso de los Cuadernos, sin entrar en consideraciones partidarias. Un día, en septiembre de este año, veo en un diario una infografía con las caras de todos los procesados hasta ese momento por la Causa de los Cuadernos. Cuarenta y dos procesados. Eran cuarenta y dos los rostros de funcionarios y empresarios procesados desplegados en la infografía. Cuarenta y uno de ellos eran (son) varones. ¿Significa eso que las mujeres por naturaleza son mucho menos corruptas que los hombres? ¿O significa que el poder real, que la verdadera “rosca”, también en su desagradable aspecto negativo como es el de la corrupción, pasa de manera abrumadoramente mayoritaria por los hombres? Crédito imágen portada:  Sonya_illustration Más imágenes de este artista