Por Héctor Barabino.- Que Martín Báez es un hombre conciente de sus actos y lo era aún cuando su padre lo inició en los negocios de la obra pública, es una verdad incontrastable. Lo mismo aplica para su hermana Luciana, un par de años mayor,  quien desde hace más de una década posee empresas y comercios que, todo indica, se fundaron a partir del volúmen de dinero que generaban los negocios con el estado a partir de Austral Construcciones. Firma que además en los últimos años tenía como socios y gerentes a los descendientes de su dueño, Lázaro Antonio Báez, el fundador de la constructora que nació -casualmente- dos semanas antes de que Néstor Kirchner asumiera la presidencia de la Nación en mayo de 2003. «Es por lealtad a su amigo Néstor que Báez no declara toda la verdad», interpretan muchos analistas sobre la actitud del empresario detenido en Ezeiza hace casi tres años. La sentencia incomprobable replica como un latiguillo en el discurso social hasta convertirse en una verdad revelada. Báez, el buen amigo, el que jamás va a traicionar, el que demuestra con su silencio que la lealtad no tiene límites,  incluso más allá de este mundo. «¡Antes preso que infiel al amigo!», grita Báez aferrado a los barrotes de su celda. ¿Vale más la lealtad para con el otro que la propia libertad? Puede ser, es un valor humano que en la escala moral cada uno jerarquiza de acuerdo a su propio sentir y pensar. ¿Lázaro es capaz de pudrirse en la cárcel e inmolarse por el amigo muerto?.  Es probable. ¿Aunque su familia opine lo contrario, y la familia del amigo no solo no valore semejante ofrenda, sino que además lo ignore hasta el destrato o el desprecio?.  Los treinta y tres meses de prisión y silencio de Báez demuestran que sí. ¿Aún a costa de perder su multimillonario patrimonio y dejar a su familia en la ruina, y hundidos en el escarnio social más degradante? ….. Hasta aquí hablamos de Báez y su libertad, su valoración de la amistad, y su estoicismo a prueba de fuego. La pregunta que surge ahora, a partir de la detención de Martín, el primer hijo varón de Báez, el compinche por naturaleza atávica, es, ¿Báez sostendrá su lealtad de hierro hacia Néstor Kirchner y se morderá la lengua antes de declarar en contra de su amigo muerto, y continuará manteniéndose en la cima de esa lealtad autodestructiva aunque después de Martín,  sean Luciana, Leandro y Melina, quienes tengan que desfilar hacia el interior de los pabellones carcelarios?. ¿Vale más la amistad,  que el amor hacia los hijos?,  ¿que la libertad de los propios hijos? Báez fue sumando a sus negocios a sus hijos cuando éstos recién salían de la adolescencia. Él o ellos -o todos-  priorizaron los negocios y eligieron el camino del dinero y la vida exhuberante que da la rentabilidad sin límites de los contratos con el Estado. Bien, o mal habidos. En un sentido Báez condenó a sus hijos a seguir el camino que él eligio. Y por mandato paterno o por la fascinación que genera en los hijos un padre exitoso -y con un amigo presidente-,  Martín, Luciana, Leandro y Melina, se encaminaron tras las huellas empresariales de su progenitor. Con Martín preso, Lázaro deberá elegir nuevamente entre su silencio leal al amigo muerto, o la libertad y el amor por sus hijos. Entre la absolución,  o la doble condena.