Luis Milton Ibarra Philemon
Por Luis Milton Ibarra Philemon

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«Hay lugares que guardan la historia y la memoria, mejor expresado, la Memoria. La ex comisaria del pueblo de Puerto San Julián es, debe ser, uno de ellos.»

Tardíamente se integró Santa Cruz a la República Argentina, a sus leyes y constitución, fue en 1884 como territorio nacional. Las enormes distancias, la falta de caminos, infraestructura y comunicaciones, la única forma de llegar era la marítima luego de dos semanas de travesía, fue lo que en gran parte demoró esa integración. Aún así, la presencia efectiva del Estado demoraría varias décadas más.

Fue un gobierno de facto surgido del golpe de Estado de 1932 encabezado por el general Justo, quien designó al teniente de navío Juan Manuel Gregores a regir y ordenar el lejano territorio nacional.

Se debió a su impulso, visión estratégica y arduo trabajo que se encaminó administrativamente Santa Cruz. Construyendo y mejorando puentes y caminos, red de comunicaciones aéreas y radiotelegráficas hasta en los más remotos rincones de nuestra enorme geografía.

Construyó destacamentos, puestos policiales y comisarias en todas las localidades. En muchas se debió a su gestión la construcción de las mismas, pero en varias localidades fueron los mismos pobladores quienes construyeron esas edificaciones y la donaron el Estado, caso Lago Argentino.

En la mayoría de los casos donde no había edificios, la policía debía alquilar locales para ejercer sus funciones, Puerto San Julián por ejemplo, donde la comisaria y edificaciones para el personal policial se inauguró en ejercicio de sus funciones, dejando en desuso la vieja ex comisaria, local que alquilaban a Bucic desde inicios del siglo XX. En 1936 creó la escuela de policía para jerarquizar y profesionalizar a los cuerpos de policía o gendarmerías volantes, grave problema durante muchas décadas.

Gobernó, Gregores, desde 1932 hasta 1945.

Quien antes se apercibió de esta grave situación en el territorio fue el teniente coronel Héctor B. Varela, jefe del 10 de caballería, enviado por el presidente Hipólito Irigoyen a reprimir cruelmente la huelga de trabajadores iniciada, una en 1920, finalizada pacíficamente mediante su gestión a inicios de 1921.

Y la otra que comenzó a fines de 1921 ante la falta de cumplimiento por parte de los patrones al convenio laboral y en solidaridad con los trabajadores detenidos por causas sindicales, que finalizó con la muerte de 1500 trabajadores fusilados, ejecutados por las tropas del 10 y 2 de caballería a su mando, éste último, apostado en Puerto San Julián.

Expresó Varela en su informe elevado al ministro de guerra sobre la policía:
“Malísimo personal, mal tenidas, escasas, (…) …debe ser objeto de una selección especial, (…) …sino se la militariza y somete bajo una disciplina severa, constituirá un constante peligro para la población y aún para el mismo Gobierno.”

En su mismo informe había manifestado en párrafos anteriores sobre la población: “En general, la impresión que causa al argentino es la de que, este Territorio no pertenece a nuestra patria.”

Fueron las comisarias durante las huelgas de 1920 y 1921, algunas de ellas, famosas por las tenebrosas historias, propias de mentes alienadas que dentro de sus jurisdicciones se desarrollaron.

“La famosa comisaria del Perro”, en el Lago Argentino, donde eran citados por el comisario Valenciano y algunos de sus oficiales, pobladores del Lago con algún pequeño capital, quienes luego “desaparecían”.

La comisaria de Puerto Santa Cruz y la terrible historia de castigos y crímenes de huelguistas cometidos por el comisario Sotuyo y su grupo, que llegó a su fin cuando fueron vistos y denunciado por el capitán Dalmiro Sáenz desde su barco. Pero no acabaron ahí sus crímenes, luego arrestado asesinó a sangre fría a su propia esposa, por haber sido estafada por el abogado que se fugó con toda la plata producto de sus coimas en la comisaria.

Ambos edificios de las comisarias, la del Perro y la de Puerto Santa Cruz, hace muchos años una, y varios la otra, finalmente desaparecieron.

La vieja ex comisaria de Puerto San Julián, no se queda atrás en cuanto a historias y resiste casi firme no solo los embates del tiempo, implacable, sino que también de la ingratitud por la preservación de nuestro Patrimonio, y lo que es peor, de la desmemoria.

Declarada y extendida la segunda huelga a fines de 1921 a todo el territorio, hizo su aparición en la zona norte de Santa Cruz, especialmente dominando toda la región de Puerto Deseado a Punta de Rieles, actualmente Las Heras con el ramal ferroviario, José Font “Facón Grande”.

Un líder elegido por los mismos trabajadores para ser representado, a pesar de que era un trabajador que, producto de su propio esfuerzo, ya había logrado cierta posición económica solvente. Propietario de algunas hectáreas de campo, numerosa caballada y ganado vacuno, además de las tropas de chatas, comparado al día de hoy sería una flota de camiones, con las cuales se ganaba la vida.

Respetado por su honestidad y hombría de bien, rasgos destacados por quienes lo conocieron, aún por quienes lo enfrentaron, José Font “Facón Grande” fue a parar a los inmundos calabozos de la vieja ex comisaria de Puerto San Julián en 1916, debido a un pleito por tierras. Pasó ahí varios días preso antes de ser remitido a la justicia letrada en Río Gallegos, donde pasó otros meses más en prisión, finalmente fue dejado en libertad.

Fue fusilado, “Facón Grande”, al sur de Jaramillo junto a varios de sus gauchos en diciembre de 1921, cuando fue convocado por el mismo Varela a parlamentar y llegar a un acuerdo para poner fin a la huelga.

Unos meses antes, en octubre, una gran columna de trabajadores marchó desde Puerto San Julián hacia la zona centro del territorio evitando las persecuciones de la policía, de la “guardia blanca” y los enfrentamientos con las tropas al mando del segundo de Varela en ese puerto, el capitán Anaya.

Éste persiguió y dio caza concienzudamente a los huelguistas a medida que los iba encontrando, pues eso fue lo que hizo el capitán Anaya, una verdadera cacería de trabajadores en huelga.

Todos sus informes mencionan enfrentamientos de resultas del cual luego de culminado el tiroteo “iniciado por los revoltosos”, siempre los muertos eran los sindicados como líderes de las columnas de huelguistas, y delegados de cada estancia, además de algún pequeño poblador o bolichero y un párrafo que décadas después se repetiría en comunicados oficiales de gobiernos de facto: “muertos al intentar huir”.

El 17 de diciembre, el capitán Anaya describió así uno de los muchos “enfrentamientos”: “…sorprendí campamento revoltosos (…) En la refriega (…) resultaron muertos famosos cabecillas (…) y algunos heridos (…) deslindadas minuciosamente responsabilidades son puesto en libertad mediante la fianza personal de caracterizados estancieros.

Los culpables y responsables voy a remitirlos a San Julián de acuerdo con las instrucciones recibidas.” En la vieja ex comisaria de Puerto San Julián y en sus patios debido a la gran cantidad de ellos, fueron puestos en custodia los huelguistas sobrevivientes de tamaña cacería humana. Posteriormente fueron embarcados hacia Río Gallegos donde pasarían otros meses más en prisión y finalmente dejados en libertad, pues no habían cometido ningún delito.

Misma suerte no tuvieron dos dirigentes fusilados ahí mismo, en Puerto San Julián.

Escribió en sus recuerdos pocos años después el subteniente Federico Jonas: “En San Julián fueron fusilados dos rusos por orden de un teniente del 10 de Caballería y enterrados en terreno de Andrés Bucic, éste es testigo de ello; esos cuerpos fueron comidos por los cerdos.” Los dirigentes obreros fusilados por orden del subteniente Rafael Loza, del 2 de caballería, fueron Francisco Nodofoski, polaco; y Miguel Nek, turco.

Pero a toda esta cruel y absurda, incomprendida, tal vez por eso escondida, y trágica historia nuestra le falta todavía un capitulo que muchos siguen esquivando, a casi cien años:

Las pupilas del prostíbulo “La Catalana”.

Finalizada la limpieza de huelguistas, esto es, el de haber sido pasados por las armas, por los pelotones de fusilamiento. A los soldados se les dio un día libre para asistir al prostíbulo luego de una campaña tan “agotadora”. Se avisó a la dueña de la llegada de los soldados en diferentes tandas. Cuando van llegando se produce lo inesperado.

Lo que ningún representante ni ninguna autoridad ni civil ni letrada, lo que ningún círculo de pequeños comerciantes o vecinos, lo que ningún cura, ni la iglesia como institución hizo, manifestarse por la evidente y cruel matanza de trabajadores, lo que todos callaron, no lo callaron las pupilas del prostíbulo “La Calatana”.

Lo que nadie hizo lo hicieron ellas, “las putas”. Sí, las más discriminadas, las más humildes y sometidas de esos años. Fueron ellas las únicas que desde el interior del prostíbulo echan a los soldados a escobazos. Les gritaron: “¡asesinos! ¡porquerías!, “con asesinos no nos acostamos”, “cabrones malparidos”, todos calificativos que quedaron asentados según la instrucción policial que agregó: “insultos obscenos propios de mujerzuelas”.

Lo que fue un “triunfo” de unas pocas docenas de soldados frente a cientos de trabajadores que reclamaban justicia, derivó en una total derrota ante la decisión y convicción de cinco humildes y explotadas mujeres, cinco prostitutas, cinco “mujerzuelas” según los vecinos de “bien”.

El comisario interviene inmediatamente y ordena que dos agentes arreen a las prostitutas desde el prostíbulo hacia la comisaría. Si, tal cual, arreen, que eso fue, un arreo, como si se tratase de animales.

En los inmundos calabozos de la comisaria de Puerto San Julián fueron encerradas las cinco pupilas. Obviamente que sus padecimientos no quedaron registrados por ningún testimonio pues nadie los tomó, únicamente sus nombres fueron rescatados del olvido por la impecable investigación de Osvaldo Bayer.

Si a los trabajadores se los fusiló por pedir justicia, pero antes de eso fueron sometidos a crueles torturas, a “escarmientos” inhumanos, mejor trato no recibieron las cinco mujeres, las únicas que sí enfrentaron a los soldados.

Consuelo García, 29 años, argentina; Ángela Fortunato, 31 años, argentina; Amalia Rodriguez, 26 años, argentina; María Juliache, 28 años, española; y Maud Foster, inglesa, 31 años. Edades al 17 de febrero de 1922.

Estas cinco mujeres se van diluyendo en el transcurrir de los años, de la historia, de la ingratitud de otros tiempos, de la desmemoria. A una sola de ellas pude seguirle el rastro desde su aparición en nuestras tierras, en Magallanes, Punta Arenas, hasta el último de sus días según su expreso deseo en la ciudad de San Julián, la “Michikelly”. Porque a pesar de todo lo sufrido, Maud Foster volvió para quedarse.

Maud, nacida en Mánchester, Gran Bretaña, el 22 de agosto de 1890. Hija de Esther Carrigan y de Tomas, de un metro 58, gruesa de cuerpo. Casada en 1913, de ahí su nombre de casada fue Maud Foster de Kelley, y posteriormente sin saberlo quienes la mencionaban como, la “Michikelly”. Un detalle no menor figura en la descripción policial, en cuanto a su aspecto social en la vida: “correcto”.

Puerto San Julián fue la ciudad elegida por Maud Foster para pasar el resto de sus días, así lo expresó al momento de solicitar sus documentos en la respetuosa solicitud elevada el 25 de julio de 1949 al jefe de policía, Homero Bourel: “Esperando que Vd. sea benevolente conmigo y tenga consideración a mi avanzada edad”, aunque al momento contaba solamente 59 años. “…,contemple mi situación y me otorgue dicho documento para estar tranquila en esta localidad, donde pienso estar hasta el fin de mis días”.

Y Maud Foster, que llegó el 30 de abril de 1919 al país, expresó: “…donde pienso estar hasta el fin de mis días”, y cumplió, pues allí descansan sus restos mortales en el cementerio de la ciudad de Puerto San Julián.
Nadie es dueño de la historia y la memoria, mejor expresado, la Memoria. Porque nos pertenece a todos.

La ex comisaria del pueblo de Puerto San Julián es, debe ser, uno de ellos.

Urge una Declaratoria como Monumento Histórico Provincial de la Memoria, según expresa en su totalidad el artículo 7, de la Ley 3138, conforme la Ley Nacional 12665, y su decreto reglamentario.

La Memoria es Patrimonio, o sea que debe ser de todos.
Por eso afirmo, sostengo y sostendré mi rotundo y humilde: NO a la demolición de la ex comisaria de Puerto San Julián.

Pedido de Maud Foster al Jefe de Policía
Amalia Rodríguez
Angela Fortunato
Consuelo García
María Juliache
Maud Foster

*Archivo Histórico Municipal de El Calafate – Comisión por la Memoria de las Huelgas de 1921 – El Calafate