*Por Esteban Lehue

EL CALAFATE.- Un domo es una esfera, de algún modo un pequeño mundo. Tiene varios usos, entre ellos el de vivienda o refugio. En El Calafate, por estos meses, hubo gente que le imprimió su propia identidad.

El “Domo Huertero”, la creación de Silvia López y Cristián Fernández, combina utilidad y estética para quienes quieran incursionar en el mundo de la huerta propia o bien buscar sus propios usos.

Tanto ella como guía y su pareja Cristián Fernández, vivían del turismo, hasta que la pandemia que afectó a la actividad, también los impactó. A pesar de todo, ése fue el momento en que nació la oportunidad de darle forma a algo nuevo.

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La idea empezó por casa, dadas las circunstancias pandémicas. “Pensaba en que este año iba a tener el tiempo para dedicarle a la huerta. Siempre quise tenerla, pero no me hacía el tiempo por el ritmo de la temporada”, cuenta Silvia a Winfo Santa Cruz sobre los inicios.

Si bien había hecho cursos de huerta del INTA y con La Semilla Eco proyectos nunca se había dedicado sostenidamente a la actividad, sin embargo el sueño estaba latente. Esto se combinó a la pasión de Cristian por diferentes labores. 

“Cristian hace mucho tiempo estaba  interesado en los domos, ha mirado cuanto video exista sobre el tema.  Estudió mucho pero no encontraba el tiempo para hacer uno. Así que fue un buen momento para cumplir ambos sueños. El mío de la huerta y el de él, de hacer un domo… Nuestro Domo Huertero”, resume sobre el nacimiento de la idea.

El primer Domo fue construido en agosto, cuando creyeron que comenzaba la primavera, pero todavía quedaban un par de nevadas y escarchas que aguantó perfectamente.

“Cuando empezó a soplar el viento, nos quedábamos mirando por la ventana para ver si teníamos que ir a buscarlo a La Esperanza”, cuenta Silvia con humor, pero nada de eso sucedió. “Casi se vuela el techo de la casa, pero el Domo quedó intacto”, cuenta.

“Como vimos que estaba bien hecho, muchos amigos nos alentaron a que hagamos otros para vender. Lo pensamos y a medida que pasaban los días y la temporada turística se veía cada vez más lejos, nos animamos”, recuerda. 

Al proyecto se sumó un amigo: “El Chapu”, quien es albañil y carpintero. El había construido el quincho de su casa y quedó impactado por el domo.  Le propusieron ser socio por sus conocimientos, los cuales fueron claves para construir más.

“El Domo por su forma, es súper fuerte,  soporta los vientos fuertes de la Patagonia, aunque también podría con movimientos sísmicos y temperaturas extremas”, cuenta y añade que el secreto son sus paneles triangulares que lo hacen más estable que las formas rectangulares. También permite un movimiento eficaz del aire, potenciando la luz solar y el calor, algo que por ejemplo es ideal para las plantas.

La instalación de los domos -aptos para cualquier tipo de superficie-empieza cuando alguien interesado va a conocer el primero que fue fabricado y su  historia. Luego se da una idea del tamaño de lo que quiere y espacio que va a necesitar. Ya que si bien sirven como invernaderos, también se les puede dar otros usos.

“Una vez que el cliente decide el tamaño, compramos la madera de pino y  la pintamos”, dice y agrega: “Usamos un programa de computadora para ver los cortes que tenemos que hacer. Cada triángulo es distinto. Después tomamos las medidas y empezamos a cortar”.

“Cada punta, de cada lado del triángulo, la marcamos de distintos colores. Una vez que cortamos todo, empezamos a armar los triángulos.  Después les ponemos el nylon uno a uno. Creemos que de esta forma podemos tensarlo lo más posible y en el caso que se rompa alguno en algún futuro sólo habría que reemplazar ese único triángulo”, detalla sobre el armado .

Hoy son cada vez más los vecinos que les consultan a través de las redes sociales, para tener el propio.

¿Pero, que siente Silvia con respecto a su domo?  “Lo siento un lugar simplemente mágico, difícil de explicar,  podría pasar horas dentro y  lamento no haberlo hecho antes”, dice mientras ya  pone manos a la obra en su próximas creación junto a Cristian y Chapu.