OPINION * Por Rosita Díaz

La movilidad humana es una característica que está presente en la historia de la humanidad. Los movimientos migratorios se han prolongado en la actualidad, observándose nuevos patrones migratorios; este proceso tiene dos rostros de una misma moneda: en un sentido es consecuencia de las desigualdades económicas y sociales de los países de origen de los migrantes y en otro sentido se encuentra la situación de los países receptores, la que requiere de constantes desafíos, porque demanda una especial atención en cuanto a la integración y en garantizar los derechos humanos.

Al respecto el Papa Francisco señala que, “a la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la globalización de la caridad y de la cooperación… (…) es necesario intensificar los esfuerzos para crear las condiciones adecuadas para garantizar una progresiva disminución de las razones que llevan a pueblos enteros a dejar su patria a causa de carestías.”
Los procesos migratorios son complejos, diversos, e impulsan a la persona migrante a tomar decisiones valientes, como alejarse de su lugar de origen y de su espacio vital, abandonar sus vínculos afectivos, resignar las referencias culturales que configuran su identidad: aromas, sabores, paisajes, sonidos, modos de manifestarse. Todo esto conlleva a un proceso de duelo y angustia.

La incertidumbre es un sentimiento que, si bien no paraliza al migrante, está muy presente en el proceso. La persona va en búsqueda de nuevas oportunidades cargando en su mochila las inseguridades, el miedo a lo extraño, a lo nuevo, a lo por venir, los interrogantes -cómo, qué, dónde…- pero también lleva un manojo de coraje, de esperanzas por una vida más digna y un bagaje cultural a desplegar en el lugar de destino.

Publicidad

Publicidad

En el camino de la migración, el ser humano se encuentra en una situación de vulnerabilidad, tanto afectiva como psicológica o económica; se incrementan las posibilidades de lesionar sus derechos y de afectar su integridad, porque con la migración la sensación de ser “diferentes” se agranda y el equilibrio entre los “semejantes” y los “diferentes” se resquebraja. El migrante se siente desamparado puesto que no se reconoce como tal en su nuevo espacio, esencialmente por carecer de vínculos de contención, y por ello muchas veces aparece la soledad.

El Papa Francisco invita a las sociedades de destino a tratar con respeto y dignidad al migrante y lo resume en cuatro verbos “Acoger, proteger, promover e integrar”, verbos que encarnan actitudes fundamentales para asegurar los derechos humanos de los migrantes, y así lograr revertir la hostilidad en hospitalidad y transformar la cultura del rechazo por una “cultura del encuentro”.

El fenómeno migratorio requiere, por parte del que acoge, de sensibilidad y comprensión personal y comunitaria para acompañar tan diversos procesos de desarraigo. El migrante es símbolo de hombres y mujeres en la búsqueda de sentido en la vida, en búsqueda de las posibilidades que les fueron negadas en su lugar de origen, en búsqueda de renovada esperanza.

Los migrantes son hacedores de nuevos caminos, que nos regalan claves de encuentros culturales, no sólo de dos culturas, sino de las múltiples culturas presentes en un mismo territorio. Las migraciones nos desafían constantemente a crecer en sociedades con perspectiva intercultural, que comprendan «la necesidad de favorecer, la cultura del encuentro, multiplicando las oportunidades de intercambio cultural… (…), que preparen a las comunidades locales para los procesos integrativos”.


Los rostros de las Migraciones en Santa Cruz

La provincia de Santa Cruz, como la Patagonia Argentina en general, históricamente ha recibido migrantes europeos y limítrofes provenientes de Chile, más específicamente desde la Isla de Chiloé.

En la última década este flujo migratorio ha disminuido sustancialmente fruto de la economía más estable del país vecino. Más recientemente asoma tímidamente la migración boliviana, que ha estado siempre presente, por la cercanía limítrofe, en el norte argentino y se ha desplazado hacia estas tierras tan lejanas. Es una migración distintiva por sus formas de expresar su cultura, de celebrar la fe, por su fisonomía, por su colorida vestimenta, por comunicarse en otras lenguas, como el quechua, el aymará o guaraní, por su disposición al trabajo y al fuerte sentido de solidaridad entre su comunidad.


Y, en menor medida se encuentran las migraciones paraguayas, peruanas, dominicanas, mexicanas y de otros países no latinoamericanos como Senegal. Una de las características, que convergen en los rostros de los migrantes recientes de estas comunidades es que “irrumpieron” en la sociedad santacruceña por la extrañeza de su lengua y quebraron la uniformidad migratoria de las décadas pasadas sustentada en la migración chilena.

Desde hace aproximadamente dos años debido a la afligente situación política y social de Venezuela, se han suscitado migraciones forzadas y refugiados, que han llegado a esta provincia en búsqueda de nuevas oportunidades y, como tantos otros migrantes, de una vida digna.


Santa Cruz sigue sido “tierra de migrantes”, a pesar de que la migración ha disminuido sustancialmente de acuerdo a los últimos censos. Según datos que brinda el censo del 2010 -aunque desactualizados- la migración Internacional alcanza el 9,7%, y la migración interna el 43,5%, lo que ubica a la provincia en el tercer lugar en el orden nacional. La migración interna sigue siendo un factor importante en la demografía poblacional de esta provincia.

Como se observa la suma de la migración interna e internacional dan como resultado, que “más de la mitad de población, es migrante”.


Ademas las estadísticas nos indican una creciente feminización de las migraciones alcanzando al 53% de la población migrante.


La migración en tiempos de COVID19


El Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio como consecuencias del Corona Virus, conmueve a toda la humanidad. Todos somos testigos de esta situación inusitada e inesperada que obligó a elaborar formas creativas de prácticas individuales y sociales de comunicación y de cuidado. La enfermedad del COVID19, no distingue nacionalidad, fisonomía, condición social, ni rango etario y, aunque afecta de un modo u otro a toda las personas, es importante reconocer que no todas las personas se encuentran en la misma situación -económica o social- para afrontar lo inédito.


Y en esta situación, el mayor impacto lo sufren aquellos que trabajan en el sector informal de la economía y que son los desprotegidos del sistema en términos económicos y sociales. Y los migrantes se encuentran mayoritariamente entre ellos. Esas actividades informales –comúnmente llamadas “changas”- mantienen la supervivencia personal y de sus familias, pero este momento inédito de aislamiento impide su ejercicio, lo que ha generado un gran desequilibrio en la ya frágil economía familiar.


Como resultado de la compleja y frágil situación que viven, algunos incluso han pensado regresar a su tierra, pero tanto las dificultades económicas como el cierre de las fronteras interprovinciales o internacionales se lo han impedido. La situación de extrema vulnerabilidad en la que se encuentran demanda una asistencia lo más integral posible, ya sea en alimentos, abrigo y otras cuestiones vitales.


Otra situación son las personas que permanecen en itinerancia debido a que han quedado atrapadas por el cierre de fronteras, lo que les provoca mucha ansiedad y preocupación por no poder regresar a su lugar de origen. Muchas se encuentran con dificultades en la alimentación y la vivienda; lo transitorio se ha convertido en algo incierto y lo planificado en términos económicos ha sobrepasado el presupuesto. Estas personas también requieren asistencia alimenticia, a veces un lugar donde habitar, y contención emocional. Como Iglesia Diocesana a través del Equipo de Pastoral Migratoria en conjunto con Cáritas Diocesana intentamos dar respuesta a esta amplia diversidad de realidades.


En el seno de esta crítica realidad surge espontáneamente la Esperanza convertida en solidaridades, justamente de quienes más padecen las consecuencias económicas del aislamiento. Un ejemplo de ello es el obsequio de barbijos destinado a los voluntarios que confeccionaron los integrantes de una familia paraguaya que se quedó en situación
de itinerancia; otros donan ropa limpia y planchada para otras familias que la necesitan; otros comparten los escasos alimentos que consiguen. Otras iniciativas solidarias están materializadas a través de donaciones de alimentos, elementos de higiene y otros elementos necesarios para cubrir lo que urge. Son signos esperanzadores, signos de Resurrección…


Creemos que este tiempo nos desafía a encontrar la ternura de Dios en gestos profundamente humanos, descubrir el placer de la convivencia que vivifica y sorprendernos con la sonrisa cómplice del otro. La distancia física que la circunstancia impone hoy es, de algún modo, una distancia social que se interpone entre las personas. No tomábamos conciencia de la importancia de los vínculos no verbales, del saludo cordial, ameno y cercano que tenemos como costumbre.

En este tiempo, el espacio vincular del encuentro carece de abrazos, del apretón de manos, de la comunicación cercana, del poner el oído cerca para escuchar y compartir las buenas nuevas, las preocupaciones, el dolor del otro o estar presente en cercanía en las alegrías y tristezas… Sentimos la ausencia de familiaridad, sentimos que algo obtura el fluir de esa trama vincular…Estos gestos de afectividad no distinguen origen, nacionalidad, ni color de piel; son gestos que nos igualan porque son misteriosamente humanos.


Cuando se retome la “normalidad” tendremos que renovar los vínculos de convivencia, desde la profunda humanidad, desde el respeto a la pluralidad y desde la valoración a lo diverso, superando todo tipo de prejuicio. Como manifiesta el Papa Francisco «… la aspiración de la humanidad a vivir la unidad en el respeto a las diferencias, la acogida y la hospitalidad que permiten la distribución equitativa de los bienes de la tierra, la protección y la promoción de la dignidad y la centralidad de cada ser humano». (…)


“Porque todo hombre tiene derecho a la vida digna, todo hombre tiene derecho a tener sueños y a encontrar el lugar que le corresponde en nuestra ‘casa común’.” Con la esperanza de que la tempestad pase pronto, cuando ello acontezca tendremos que reaprender a vincularnos desde la estreches de un abrazo personal, sin que nadie quede excluido de la cercanía del abrazo comunitario.

*Referente de Equipo Diocesano de Pastoral Migratoria
Diócesis de Río Gallegos.