Natalia Renard
Por Natalia Renard

Los setentosos y ochentosos vivimos la experiencia de mandar una carta y hablar por teléfono.

Para quienes no vivieron esa época, les cuento que una carta es un sobre que contienen un papel (o varios) escritos con una lapicera. Para que sea más fácil de entender, es como un whatsapp largo pero sin emojis.

Se enviaba por Correo (ese lugar a donde buscás lo que compras por MercadoLibre) y demoraba bastante tiempo en llegar. Como si mandaras un wapp que demora 10 días en tener los dos tildes.

Imaginate que te gusta alguien. ¿Qué es lo primero que haces? Instagram o Facebook y después ya pasás a Wapp. En ese momento “el Facebook” era la guía de teléfonos (libro que pesaba tonelada y media, con un tamaño de letra similar al de un átomo).

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Antes de llegar a la guía de teléfonos, tenías que hacer un trabajo de investigación. Primero saber el apellido del sujeto en cuestión (y cruzar los dedos que no fuera García… porque podías envejecer tratando de encontrar al García correcto).

Era importante además tener una idea de la zona en la que vivía. Con esos datos buscabas por orden alfabético en la guía. Suponiendo que fueras afortunado, encontrabas solamente 48 personas con ese apellido.

Haciendo un filtrado visual, podías descartar aquellos que no correspondían al municipio buscado.  Esto te dejaba unas 10 posibilidades claras. En ese momento empezaba el proceso de “aproximación”, para el que necesitabas incluir tecnología de punta.

El teléfono con disco (imaginate que tu celular es unas cinco veces más grande y que tiene en el centro un circulo giratorio en el que debés meter tus dedos, según el número que quieras marcar, y hacerlo girar hacia la derecha hasta que haga tope).

Empezabas a llamar a los números seleccionados para ver quien atendía y, eventualmente cambiando la voz, preguntar si en ese lugar vivía “X”. Si te llegaban a decir que sí, y lograbas no sufrir un ACV, colgabas inmediatamente y tratabas de recuperar la respiración.

Ese instante era mágico: tenías el número y la dirección.

Llegaba el momento de decidir si mandabas una carta (el wapp sin emojis) o llamabas por teléfono a disco (cruzando los dedos para que no te atendiera el padre o la madre).

Surgieron historias y amistades super lindas con estos “métodos antiguos”. Pero “el método” era solo para empezar a estar en contacto. Después te encontrabas, salías, conocías los gestos, el tono de voz, la risa, etc.

Con el tiempo fuimos perdiendo la capacidad de encuentro.

Virtualizamos las relaciones humanas. Imaginamos el tono de voz y suponemos la forma en que nos están hablando. Imaginamos los gestos, pero no necesariamente son de ese modo.

Alguien posteó una frase que decía “la distancia más grande entre dos personas, es un malentendido”.  Estamos fallando por no encontrarnos, nos estamos malentendiendo.

Desvirtualicémonos un poco. Que sea la forma de empezar, pero no de seguir. No perdamos la hermosísima costumbre de usar todos los sentidos para relacionarnos. Los estamos necesitando. Nos estamos necesitando.