Natalia Renard
Por Natalia Renard

Tengo que confesar que, en algún momento, estuve en contra de Halloween por relacionar la fecha con las tradiciones estadounidenses.

Ahora, haciendo otra confesión, tacho días para que llegue el 31 de octubre. (Fecha oficial, según el calendario gregoriano, del asunto en cuestión)

Muy lejos de EE.UU tuvo los inicios esta festividad, y definitivamente a años luz de “Dulce o Truco”, aunque algo de comida hubo involucrada. En breve llegamos a esta parte.

El origen de Halloween se encuentra en tierras celtas. Se estima que comenzó hace unos 4500/5000 años.

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Los celtas y sus druidas dividían el año en una parte luminosa y una oscura. Sus “meses” estaban regidos por los ciclos de la luna. La tenían clara hasta en ese punto.

¿Saben porque su calendario estaba centrado en la luna y no en el sol? Por los cultivos y su influencia. Unos genios.

Los meses comenzaban con la luna llena y en la lunación entre octubre y noviembre tenía lugar su mayor festividad: Samhain.

Era el comienzo de la “mitad oscura” (hemisferio norte, pleno otoño) y lo tomaban, además, como el inicio de un nuevo año.

Samhain, en gaélico, significa “fin del verano”.

No era una fiesta así no más. Tenía un condimento mucho más profundo.

Esa noche en particular los muertos tenían permiso para visitar a los vivos y guiarlos en sus decisiones, compartir, volver a abrazarse. En los mundos feéricos, por ejemplo, era la única noche en que las hadas podían casarse con mortales (si los mortales se animaban, claro). Durante esa noche, se abría una puerta entre ambos mundos.

Era una celebración del reencuentro con los antepasados. Una fiesta para compartir con los espíritus; para festejar la cosecha de lo sembrado (por eso los nabos y las calabazas).

Como había espíritus de todos los colores, la tradición era dejar comida afuera de las casas para mantenerlos contentos y evitar que se acercara algún mal arriado. Algunos usaban máscaras para ahuyentar a los espíritus mala onda.

En algún momento algunos inmigrantes de raíces celtas (irlandeses principalmente) que hicieron de EE.UU su patria, compartieron sus tradiciones y pasaron de “comida para los espíritus y máscaras” a “golosinas para los chicos y zombies golpeando las puertas”. Más o menos lo mismo. El tema era “mantenerlos contentos”.

Una tradición, la noche de Samhain, era apagar los fuegos que hubieran encendidos y volver a prenderlos. Un nuevo comienzo. Un nuevo fuego.

Irónicamente, muchos celtas y sus druidas, sus creencias, sus costumbres, su relación sana con la naturaleza, su entendimiento de los astros, su respeto por los ciclos naturales y demás etcéteras, terminaron ardiendo en la hoguera. Fuego.

Los mismos que en ese momento encendieron las hogueras, fueron quienes adoptaron y transformaron la costumbre celta en el “Día de Todos los Santos” (1 de noviembre) y en el “Día de los Muertos” (2 de noviembre). En inglés “All Hallows’ Eve”, “Víspera de Todos los Santos”, 31 de octubre… Halloween.

Todo tiene que ver con todo.

El sábado 31 de octubre es un nuevo Samhain. Una nueva fiesta para compartir entre los dos mundos. Pero hay más.

Este 31 de octubre es luna llena. Coincide la fecha gregoriana con la fecha celta.

¿Saben cuándo fue la última vez que coincidió? En 1974, 46 años.

Quienes tengamos ganas de empezar un nuevo año, tener un nuevo comienzo; quienes tengamos ganas de permitir que se abra esa puerta y poder reencontrarnos con quienes ya partieron; quienes no tengamos miedo de cosechar lo que sembramos; quienes tengamos la vida acompasada con la luna: esa noche preparemos una comida rica (para nosotros y para los espíritus) brindemos por todo lo que tenemos para agradecer, usemos máscaras si tenemos ganas y encendamos un fuego de los buenos.

A todos aquellos que se hayan cansado del 2020 y “se quieran bajar”, empecemos un nuevo año: ¡¡¡Feliz Samhain!!!